Crotalus
Ana
Livia Salinas González
La
claridad se impregnó de rosas, azules y púrpuras hasta disolverse en el negro
de la noche. La temperatura bajó. Los granos de arena rodaron cuando giró su
cuerpo hacia el lado izquierdo; también, cuando inquieto, giró sobre el
derecho. Millares de minúsculas piedrecitas se desplazaban cada vez que se
movía.
Lo sacudió un estremecimiento. No solo
porque su cuerpo se enfriaba. Lo sintió aproximarse. Surgía desde algún lugar
desconocido de su vientre y avanzaba, inexorable, hasta su corazón. Cualquier
calidez que hubiera albergado se desperdigó por su pecho como ondas circulares
dejando atrás un hueco que era cada vez más profundo. No importaba cuánto se
escondiese. Ni dónde. Siempre llegaba, decidido, a quebrantarlo. El vacío se
expandía y él se hacía pequeño.
Sueños y esperanzas habían desaparecido. La
soledad lo avejentaba. Ya no había compañeros, ni risas, ni juegos. El desierto
se extendía interminable en la oscuridad.
Un soplo tibio rozó su rostro y recordó que
a un metro de su guarida se erigía un seco arbusto sin hojas. El débil
resplandor de la luna alumbró las ramas y pensó que por esta vez intentaría
trepar más alto. Balanceó su cabeza hacia adelante y a la derecha y reptó con
sus múltiples vértebras. Se arrastraba enroscando su vientre cuando crujió la
madera. Cayó dándose un golpe.
Como olas que golpean infatigablemente la
costa, una tras otra, susurrantes, escuchó un sonido que fue aumentando hasta
romper en un grito que afloró desde las profundidades desérticas.
—
¡Raymundo! ¿Estás sordo? Ya casi llega tu tía. Por favor, llena la tina para
bañarte.
Interrumpidas sus ensoñaciones, recordó
que la vieja hipócrita llegaría a visitarlos. Con gran desánimo, le pareció
escucharla: ¿Cómo estás, Raymundito? ¿Qué te has hecho? ¡Qué bonita cabellera!
¿Tienes más amiguitos? ¿Qué tal una novia...? Pillín ¡Cualquier día nos das la
sorpresa! Veía difícil que San Pedro le abriera las puertas. Con esa voz aguda,
chillona, no creía que pudiera encajar en el cielo.
Giró hasta la orilla de la cama y se deslizó
por la rampa. Se arrastró lenta y dolorosamente con los músculos pectorales
hacia el baño, zigzagueando al estilo de su serpiente favorita, el crótalo
cornudo. Llegó hasta la bañera, y con el muñón de su brazo derecho empujó la
palanca adaptada para que saliera el agua. Mientras esperaba, recargó en la
tubería su tronco de piel pálida, sin piernas, sin brazos. Pensó en el
accidente. En los amigos que ya no tenía. Cansado, suspiró. Deseaba haberse
quedado bajo su fantasía de arena.
Siguiendo un impulso repentino serpenteó lo
más rápido que le fue posible para ocultarse antes de que entrara su madre.
Publicado en la antología de cuento Bajo la sombra del framboyán. (Letras y Voces de Tabasco, A.C., 2019).
Comentarios
Publicar un comentario